Chile, ¿aprendió la lección? – Por Álvaro Pezoa

Han pasado casi 50 años de la llegada de la UP a La Moneda y 47 desde el 11 de septiembre de 1973, y la duda sobre si Chile aprendió la lección ronda el pensamiento de muchos. ¿Hacia dónde marcha la Patria? Después de décadas de esfuerzo y sacrificio para sacar al país de la enorme crisis social, política y económica en que quedó sumido tras el gobierno de Allende y el quiebre de la democracia, de encontrar una senda para el crecimiento económico y el desarrollo social, dando una dura lucha contra la pobreza extrema, de recuperar la institucionalidad republicana y llegar a ser respetado en el mundo por sus logros, seriedad y estabilidad, ha ido extraviando -sin pausa y con creciente prisa- la ruta.

Las explicaciones a los problemas que aquejan a la sociedad nacional proliferan: se trataría de las dificultades típicas que viven los países en crecimiento con ingresos medios, la emergencia de una nueva clase media, las paradojas del capitalismo individualista, el despertar de inéditas aspiraciones sociales fruto del éxito económico, la “individuación” que generaría el mercado, las desigualdades lacerantes y más. En conexión con ello, agréguese un acentuado cambio cultural, la incorporación de la mujer a los quehaceres laboral y público, el fenómeno de desintegración de la familia, la “democracia directa” en las RR.SS…. La mezcla resultaría explosiva, compleja por lo menos.

En fin, hay quienes consideran que la historia tiende a repetirse, otros que no. En cualquier caso, con todas las evidentes diferencias que son apreciables entre el país de 1970 y el de 2020, es posible observar alarmantes notas coincidentes. Hoy, como ayer (y sin considerar los graves efectos producidos por el Covid-19) se percibe una reducción del empuje en la actividad económica, un marcado deterioro de la institucionalidad, una pérdida del sentido de autoridad, un decaimiento del espíritu cívico y del orden público, focos permanentes de delincuencia y terrorismo, una creciente polarización social, la incapacidad del estamento político para encauzar las necesidades y anhelos de la ciudadanía, aires revolucionarios ideologizados y maximalistas e irresponsabilidad populista en amplios sectores de las denominadas “clases dirigentes”, entre otras lacras.

Sí, es preciso primero entender bien las causas para encontrar soluciones apropiadas a los desafíos que enfrenta la Nación. Y, por cierto, en esta habilidad el terruño también anda débil. No obstante, sin desmedro alguno de lo expuesto, en lo inmediato se requiere mínimamente -tanto entre gobernantes como gobernados- volver a hacer primar el sentido común sobre el despropósito y las quimeras utópicas, anteponer el bien común al interés particular o partidista, procurar que la magnanimidad prevalezca sobre la pequeñez rampante. ¿Es pedir demasiado? Si lo fuese, Chile únicamente puede esperar “tiempos peores”.

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