El Reino de Chile- Cristián Valenzuela

¿Se ha perdido la identidad de Chile? ¿Cuándo dejamos de ser una República y nos convertimos en una asociación de personas que reniega de su pasado y no tiene proyección alguna de su futuro?

Ana Vergara, candidata a senadora por el Partido Igualdad, sorprendió a todo Ñuble con una declaración bastante particular. “Yo creo que deberíamos ser una monarquía. Donde tengamos un monarca y él se haga cargo de las Fuerzas Armadas y de la educación, entre otras cosas”, agregando que Chile se había quedado sin identidad desde la llegada de los españoles y que debíamos retomar esa forma de gobierno para recuperarla.

Más allá de la bufonada de la candidata, que seguramente aspira a formar parte de los juglares de la Corte del Reino de Chile en el futuro, la discusión que subyace el fondo es de sumo interés. ¿Se ha perdido la identidad de Chile? ¿Cuándo dejamos de ser una República y nos convertimos en una asociación de personas que reniega de su pasado y no tiene proyección alguna de su futuro?

Por cierto, no creo que la monarquía sea la solución a los problemas que vive Chile. Nuestra democracia, con todas sus imperfecciones, nos ha permitido progresar en paz y las bases institucionales que han marcado el devenir de Chile en los últimos 40 años nos han distinguido del mediocre contexto regional y nos ha llevado, pese a nuestro tamaño y carencias geográficas, a alcanzar posiciones de relevancia mundial.

El problema de Chile, precisamente, ha sido su éxito económico, político y social. Chile no fue ni será la tumba del neoliberalismo, sino el laboratorio más exitoso de su implementación en el mundo. Mientras sus vecinos cayeron presa del populismo y las falacias del socialismo, logramos reducir la pobreza, desarrollarnos y avanzar en múltiples indicadores de desarrollo humano, liderando a las naciones emergentes. Es cierto, los ricos se hicieron más ricos; pero, más importante aún, los pobres se hicieron menos pobres.

La identidad y –más importante aún– la autoridad no la perdimos con O’Higgins, sino que con Michelle Bachelet. En los últimos 15 años, Chile perdió el rumbo porque los políticos –de manera transversal– se sintieron culpables por no estar a la altura de las demandas y expectativas de la población y creyeron, cada vez con mayor intensidad, que la respuesta inevitable era la refundación, cuando lo más razonable era renovarnos y seguir ajustando y mejorando un modelo que funciona para la mayoría.

Hay que ser ingenuo para creer que la Convención Constitucional va a encontrar las respuestas que Chile necesita para seguir hacia el futuro. Porque el país no necesita empezar desde una hoja en blanco como propone una izquierda minoritaria, pero hegemónica en la Convención. Lo que necesita es recuperar la autoridad, el orden y el sentido común extraviado hace muchos años.

Por lo pronto, combatir con fuerza el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción. Monarcas como Huenchullán que sigue prófugo de la justicia; la CAM con sus actos de sabotaje permanente, o Pedro Velásquez, que pese a una condena judicial por corrupción ahora se va a perpetuar por ocho años en el Senado con el auspicio de Chile Podemos Más.

Si no está roto, no lo arregle, decía un director de Presupuestos de Estados Unidos. Pero la izquierda convenció a la mayoría que el modelo chileno estaba roto y no tenía arreglo, proponiendo como alternativa una serie de modelos que han probado su fracaso en el mundo.

Como cada cuatro años, nuevamente tenemos la oportunidad de elegir un nuevo liderazgo para Chile. Espero que no nos equivoquemos nuevamente y elijamos a alguien que recupere la identidad y la autoridad en el país, y no sucumba ante los bufones que buscan llevar a Chile a la anarquía.

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