Populismo – #117

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Populismo

Aunque no falten los que quieran asociarnos con esta mala palabra, el populismo está en las antípodas del republicanismo que promovemos. Esta forma ilegítima de hacer política atenta contra las libertades ciudadanas y las instituciones, ocultando la corrupción por medio de un discurso que enardece a las masas. En la presente Minuta Republicana, hablaremos sobre este flagelo que hoy en Chile aparece con mucha fuerza.

 

¿Qué es el populismo?

«El populismo es un experimento político, en el que un partido político, un movimiento social o un líder carismático (o una combinación de los tres) pretende alzarse con el poder, a través de medios legales y democráticos. El populismo es más un proceso político que una plasmación institucional (…) El populismo no tiene una adscripción clara a ninguna ideología política a priori y bascula en la indefinición, precisamente por ser un proceso político, no una institucionalización, que busca la mayor indefinición posible para aglutinar al mayor número posible de simpatizantes que le permitan acceder al poder (su único objetivo)».1

El populismo es una trágica realidad en América Latina, como bien señala el constitucionalista Germán Concha, el populismo en la región es una condición y no una enfermedad, porque no tiene una cura definitiva, solo podemos tratarla a través de un sólido desarrollo institucional. El historiador mexicano Enrique Krauze, hace unos años atrás desarrolló un decálogo del populista iberoamericano que nos permite apreciar cuáles son los síntomas principales de este flagelo.

 

 

 

Decálogo del populista iberoamericano

1) El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo.

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo.

3) El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino “Vox populi, Vox dei”. Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno “popular” interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial, y sueña con decretar la verdad única.

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas.

5) El populista reparte directamente la riqueza (…) pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia.

6) El populista alienta el odio de clases. Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a “los ricos” (a quienes acusan a menudo de ser “antinacionales”), pero atraen a los “empresarios patrióticos” que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.

7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas.

8) El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de fuera.

9) El populismo desprecia el orden legal. Hoy por hoy, el Congreso y la Judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, al Poder Judicial.

10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la “voluntad popular”.

Enrique Krauze, Decálogo del populismo iberoamericano

 

  1. El populismo y la institucionalidad

 

A juicio de Martín Krause, los populismos interpretan su ascenso al poder como una licencia para imponer sus políticas en favor de la mayoría a la que representan, lo cual, sin embargo, siempre termina en abusos y violaciones de los derechos de las minorías. Las instituciones, por su parte, son limitaciones al poder y garantías del respeto de los derechos individuales, los cuales no están sujetos a disponibilidad sea cual sea la mayoría que represente el líder populista.2

 

Por esta razón, institucionalidad y populismo resultan dos términos antagónicos y así lo demuestra el deterioro institucional de muchos países latinoamericanos que han caído en regímenes populistas, a la luz de la evolución del Índice de Calidad Institucional: «Desde 1996, año desde el que hemos reconstruido estos datos, Bolivia ha perdido 114 posiciones, Argentina 75 (aunque haya recuperado algunas en los últimos años), Venezuela 74 (partió de niveles más bajos que los demás: en 1996 estaba en la posición 109°; Argentina en la 44°, Bolivia en la 40°), Ecuador 72 posiciones; Nicaragua 45 (estaba 85° en 1996)».3

 

A la relación entre populismo e institucionalidad se suma un tercer concepto que permite explicar la tensión antagónica de ambos términos: la corrupción, toda vez que el populismo es una expresión corrupta del régimen democrático liberal y las instituciones buscan evitar la existencia de este flagelo. Por esta razón, consideramos que una correcta comprensión de la corrupción permite entender de mejor manera la relación entre el populismo y las instituciones.

 

Entenderemos por corrupción la obtención de cualquier beneficio de forma ilegal aprovechando una posición de poder.4 Dada su naturaleza, de la corrupción se podría decir lo mismo que ha servido de justificación a muchos corruptos a lo largo de la historia. Pero, dado que las palabras importan, es preciso enunciarla en otros términos. Así, si un corrupto se defiende diciendo que: “la corrupción es un hecho natural del hombre: existe, existió y existirá” como si no fuera posible separar su acto incorrecto de esta terrible fatalidad del ser humano, quienes sí podemos establecer esta distinción podemos constatar que la corrupción política está en toda clase de sociedades e instituciones y debemos advertir que es capaz de viciar cualquier sistema político.5

 

No existe sistema capaz de erradicar la corrupción por completo y aquellos que prometan librarnos de este lastre lo hacen en base a una utopía que siempre termina siendo más perjudicial que la realidad. Sin embargo, esta imposibilidad de terminar con la corrupción para siempre no impide el reducir su relevancia al mínimo posible a través de una efectiva legislación y una dura condena social que permita, tanto evitar irregularidades como condenar las ya cometidas.

 

 

  1. La metáfora apocalíptica y el héroe mesiánico

 

Si las instituciones deben velar por la probidad de un sistema, la existencia de un acto de corrupción puede provocar grave escándalo y poner en entredicho la estabilidad de las instituciones. Sin embargo, la corrupción «en general, se refiere a acciones individuales y a circunstancias que pueden facilitar su ejecución. Por esta razón, inferir de ellas que una institución es corrupta es sacar una conclusión falsa y precipitada, que termina por causar un grave daño a la legitimidad del sistema político».6

 

Los efectos de este escándalo son de gran ayuda para la aparición de populismos en virtud de su naturaleza mesiánica. El discurso populista se basa en la necesidad de un salvador que realice una acción decisiva inmediata, un cambio radical, a fin de salvar al pueblo del desastre provocado por un sistema cuasi apocalíptico.7 Un acto de corrupción mal dimensionado puede ser aprovechado por un líder populista para convertir a las instituciones —que están llamadas a limitar su poder— en el origen de la corrupción y que es preciso pasar de ellas para librar al pueblo de estos males.

 

En los regímenes populistas, al arrogarse la “voluntad popular” la discrecionalidad solo debe entenderse como una extensión del obrar del pueblo, y esto se manifiesta principalmente en el erario público, siendo este principal foco de corrupción en esta clase de regímenes. Como bien indica Enrique Krauze, el populista latinoamericano «no tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, o para ambas cosas, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión».

 

Si bien es cierto que todo régimen es susceptible de corrupción, los regímenes populistas de la región se han caracterizado por crear condiciones idóneas para que la que corrupción se expanda a lo largo de todo el Estado: en ellos hay más descontrol que termina creando una atmósfera de impunidad que propicia gravísimos casos de corrupción cuyas cifras son difíciles de medir. Así como pasa con las riquezas de los herederos de Hugo Chávez y los jerarcas militares de la narcodictadura venezolana, el legado de los Kirchner, en Argentina, dejó cifras de latrocinio «imposibles de calcular con precisión dada la naturaleza ilegal y oscura del vaciamiento. Lo que sí queda claro es que el kirchnerismo, fuera de la épica y el relato, se trató de una asociación ilícita al servicio del saqueo de un país, durante la afortunada —para ellos— bonanza económica más grande que vivió Argentina».8

 

  1. Debemos regirnos por leyes, pero las leyes también deben ser buenas

 

Cabe aclarar a su vez, que no toda formulación legal puede interpretarse como un avance institucional que beneficia el bienestar de los habitantes de un país. Por el contrario, la gran fuente de la corrupción se encuentra precisamente en el exceso de legislación. «Para que la corrupción exista, debe existir una ley que evadir, y una ley que condene esa evasión. Si en un Estado existe un laberinto de trámites (…) lo más segura es que paralelamente se teja una red de corruptelas».

 

Un gobierno que pretenda dotar de institucionalidad a su país, como bien señaló Enrique Ghersi, debe saber que eso puede significar el retiro de leyes que resultan costosas e ineficientes para el desarrollo del país.  «La liberalización económica es el proceso de retirar muchas de las regulaciones y leyes innecesarias que restringen el intercambio, la creación de nuevas empresas y permiten mayor intervención gubernamental. Durante este proceso, la autoridad elimina los espacios de búsqueda de rentas y con ellos la corrupción».

 

Desde la izquierda, esas desregulaciones son tomadas como la legalización de la corrupción provocada por los grandes empresarios y los funcionarios públicos —siempre del partido opositor, claro está—.9  Pero esta clase de interpretaciones se acuerda de los actores y se olvida del escenario, ¿Hay algún caso de corrupción en el que no esté involucrado el Estado? «Los economistas son virtualmente unánimes al considerar que, aunque la corrupción puede surgir en cualquier circunstancia, su suelo más fértil es el sector público. Las corporaciones privadas, por ejemplo, no pueden crear barreras tarifarias o recolectar impuestos aduaneros. A pesar de que pueden presionar a los políticos en tales sentidos, solo es Estado tiene la potestad legal de crear esas oportunidades para un enconamiento de la corrupción».10

 

Para evitar la llegada de un mesías político, es necesario comprender que ningún régimen está libre de actos de corrupción y que, por ende, no solo se debe juzgar al sistema en función de la prevención de dichas irregularidades, sino que también por la capacidad que tiene este de no dejar que estos queden impunes. Dicho esto, si la solución no proviene de las instituciones, no es de extrañar que cierta parte de la población simpatice con aquel que promete castigo donde los ciudadanos ven injusticias. En definitiva, las instituciones deben ser comprendidas al mismo que tiempo que aplicadas.

Notas

1 Carlos Barrio, El populismo y sus seguidores.

2 Martín Krause, Índice de Calidad Institucional

3 Nota 2

4 Juan Carlos Carbonell, La corrupción como lacra social, política y económica

5 Ramón Soriano, La corrupción política: tipos, causas y remedios

6 Óscar Godoy, Consideraciones generales sobre la corrupción y su prevención

7 Mauricio Rojas, El populismo en Europa Occidental

8 Gerardo Bongiovanni, Argentina entre la herencia y la esperanza

9 Juan Carlos Monedero, La corrupción en el modelo neoliberal: más oportunidades menos herramientas

10 Samuel Gregg y Osvaldo Schnenone. Una teoría de la corrupción

 

Formación Republicana

Todo republicano tiene el deber de formarse al mayor nivel posible. Si le dedicaras 1 hora de estudio al día a este tema (leyendo una página cada 5 minutos) en 7 días podrías tener una muy buena formación en torno a este tema. Te recomendamos la lectura de los siguientes escritos:

Día 1

·      Carlos Barrio, El populismo y sus seguidores.

Día 2

·      Enrique Krauze, Decálogo del populismo iberoamericano

Día 3

Día 4

·      Martín Krause, Índice de Calidad Institucional

Día 5

Día 6

·      Óscar Godoy, Consideraciones generales sobre la corrupción y su prevención

Día 7